Red de amig@s unidos por el arte.

5 ene. 2015

Algo viejo para empezar el año nuevo.


Mujer Divina.  

Fragmento de la canción del compositor veracruzano, Agustín Lara.

[...] tienes el perfume de un naranjo en flor.
El altivo porte de una majestad.
Sabes de los filtros que hay en el amor.
Tienes el hechizo de la liviandad.
La divina magia de un atardecer
y la maravilla de la inspiración.
Tienes en el ritmo de tu ser,
todo el palpitar de una canción
Eres la razón de mi existir mujer...

El puerto Jarocho acuna al son, ese ritmo  cadencioso que se pasea por las costas del Golfo de México y continúa en brazos del verde azul y transparente mar Caribe.
El agua lame sensual la costa Veracruzana, tierra de Agustín Lara "El músico poeta" como lo llaman en Tlacotalpan, lugar donde afirmó haber nacido. Los boleros de Lara y los sones, abrazados de la brisa impregnada de sal, acompañaron con su ritmo un tiempo de mi vida en el populoso puerto.

La llegada

Arribamos de la capital a vivir en nuestro espacio costeño, donde el calor se desperezaba en tardes amodorradas y caniculares. El salitre en la humedad del aire, corroía los cascos de los barcos anclados en el muelle de la aduana. Buques de diversos tamaños daban vida con su ajetreo de carga y descarga a la ciudad portuaria.
Soy una mujer común, me gusta recordar, en especial el tiempo en que viví muy cerca de tíos y primos de la familia de mis padres en el puerto.
De las hermanas de mi madre, tengo un cariño entrañable por mi tía Lila. 


La conocí cuando yo andaba en los diecisiete años. Era una mujer charlista y dicharachera de cintura juncal, como le dicen a la mujer de cintura pequeña. De mediana estatura, piernas armoniosas, vivaces ojos azules y cabellera negro azabache - era de las tías más bonitas de la familia de mi madre, me llamaban la atención sus uñas largas, afiladas, de color rojo brillante y ¡con pliegues!
Según escuché a mis tías y a mi madre, era muy sexy, le recortaba a sus brassiers de pespuntes ¡las puntas! Se casó a los dieciocho con Pepe, algunos años mayor que ella. Era un cuarterón, un negro de piel no tan oscura, alto, fuerte, con una sonrisa blanca, pestañas muy rizadas y... nalgas boleadas, tenía ¡buena figura! según mis tías. 
 Ambos procrearon sólo dos hijos, mis otras tías tuvieron, la que menos, cuatro. Álvaro era el menor, de ojos azules y piel blanca y Manuel el mayor,  tenía los ojos negros y la piel morena. Cuando decían que eran hermanos, la gente se sorprendía pues parecían de padres diferentes, cosa que hacía rabiar a mi tía. Ambos eran obesos. No cabía duda, la genética se había engolosinado con ellos. No había ningún gordo en la familia y era el argumento que esgrimía mi tía Lila, cuando discutía con su marido acerca de cuál de los dos era el culpable de la gordura de sus angelitos.
Me encantaba su casa cerca de la cárcel municipal. La fachada azul agua, tenía una sobria puerta de madera y prendida una manita delgada que sostenía una bolita de bronce… invitaba a tocar.
Entrábamos a la sala, y unidas por un corredor, se daban la mano las habitaciones. Al final, la cocina desembocaba en un patio. Era una casa sencilla hecha para el clima cálido, de techos y ventanales altos con protecciones de hierro forjado, sus muros eran blancos, lo que hacía resaltar objetos y muebles.
           
   


El patio al fondo, tenía plantas frondosas y una pila de agua cubierta de lama en las paredes, me ensimismaba ver algunos lirios flotando perezosos en su superficie. 
Lo que me daba gran curiosidad, es que ahí vivía una tortuga llamada Güerusa, cuando mi tía chasqueaba la lengua y decía Güerusa, Güerusa, Güerusa, ésta asomaba su largo cuello y un bellísimo tocado de plantas acuáticas chorreaba su cabeza.





El Puerto es sumamente húmedo, el sudor pega la ropa al cuerpo y es una costumbre el bañarse tempranito y también antes del atardecer, ya fresquitos, sacar las mecedoras de madera y respaldar tejido de bejuco a la banqueta y platicar con familiares, amigos o vecinos.
Una tarde cálida, nos dispusimos a escuchar de boca de mi tía Lila, mis primos Armando, Juan Camilo, Natalia, Clarita y yo, Daniela, el origen de nuestro pasado cercano.

El comienzo

Creo que es importante recordar a las parejas fundadoras de las familias. En la mía, mis padres fueron rancheros de la región de Tlacotalpan. Un día en que cayó un aguacero torrencial y el agua se subió hasta las camas, en el rancho, fue un desastre. Ese día, se empapó nuestra historia, se echaron a perder los retratos pintados en madera, la tenencia del rancho, cartas, actas de nacimiento, bautizo, matrimonio y defunciones de padres e hijos, destruyéndose para siempre. ¡Jamás se preocuparon mis padres por recuperar documento alguno! Aunque años después, la iglesia del pueblo cercano al rancho donde nos bautizaron, dio fe de nuestra existencia y volvimos a ser personas.

Nuestra historia comienza a partir de Diego y Aralia. Ambos nacieron en un rancho en la huasteca veracruzana, llamado Los Cocuyos. Sus familias se emparentaron por tradición. 
En el rancho se dedicaban a la siembra de maíz y a la cría de ganado lechero, cuya producción mayor se comercializaba con una firma lechera de renombre.
Las vivencias del amor de estos dos personajes, Aralia y Diego, son el recuerdo más lejano de nuestro origen.

Ella

Aralia tenía doce años cuando le bajo por primera vez su menstruación. Estaba en la letrina... cuando vio sangre escurriéndole por las piernas. Empezó a gritar, su madre quito de un tirón la puerta de tela floreada, la miró de arriba abajo y arremetió a golpes sobre la cara y cabeza de su hija
 - Muchacha del demonio- gritaba enojada, mientras la golpeaba. Mira na’más
-¿Qué te hiciste?- Aralia en medio de la confusión y el horror que le causó este momento, lloró furiosamente diciendo que ella sólo había ido al baño a orinar. Su madre recordó en ese momento, que las niñas inician con un sangrado su transformación ha ser mujeres y bruscamente dejo de pegarle. La abrazó muy fuerte y  la mandó a bañar, trajo unos trapos limpios para que se pusiera entre las piernas y le hizo una muñeca de las cenizas del carbón de la estufa para ponerle en el vientre, por si le daban “los cólicos”. A partir de ese momento Aralia, ya no era una niña.
Era bonita, una güera de rancho, tenía el cabello rayado por el sol -como pelos de elote- le decían. Ojos verdes y piel blanca. Su físico, daba cuenta de su mestizaje español. Testimonio de aquellos que penetraron por la zona de La Antigua, cuando llegó Cortés por tierras Veracruzanas.

Él

Entró un viejo vecino con su hijo Diego a la casa. Aralia y su madre preparaban la merienda, Diego era un joven diez años mayor que Aralia, ella no lo sabía pero ese encuentro significaba el inicio de su separación de la casa paterna. Diego y su padre sentados en las poltronas de bejuco, esperaron a Nicanor, padre de Aralia. Él salió detrás de la puerta-cortina de la recámara y acercándose y mirando fijamente a  Aralia, sin más, sentenció. Este va a ser tu marido… la tomó del brazo y poniéndola frente a Diego, hizo que ella lo saludara de mano. Diego, recorrió brevemente su cuerpo, y deteniéndose en sus ojos, le sonrió. El corazón de ella parecía el de un conejo, no le disgustó su futuro marido. No tenía la mínima idea de lo que ese matrimonio sin amor, por acuerdo de dote con su padre, iba a cambiar su existencia.


La boda

El día de su boda, la joven novia poco entendía lo que se gestaba en su vida alrededor de todo ese alboroto. 
Se barrió y regó el patio y bajo el flamboyán, se pusieron mesas sobre burros de madera de pino. Salieron de baúles, manteles de “percal blanco” bordados por las viejas mujeres del rancho; las flores frescas recogidas por la mañanita en las cercanías, se colocaron en cántaros de agua decorando la larga mesa.


 El pastel adornado con margaritas naturales, fue paseado desde la casa de doña Lupe (la que hacía también los tamales y atole de coco, más ricos del lugar),  hasta la casa de la novia por Flor y Eulalia, jóvenes primas de Aralia, quienes con torpeza festiva, caminaban con el pastel moviéndolo de un lado a otro, sorteando las piedras resbalosas y charquitos que dejara el chipi, chipi nocturno.
El día llegó. Mañanita fresca, clara y hermosa. Aralia vestida de novia, parecía que iba a ofrecer flores, estaba emocionada y expectante.

Tocó un trío de vihuelas y una marimba. Se brindó con tepache de piña dulce y ron hecho de la caña que se producía y añejaba en el rancho para ciertas  ocasiones. La comida: Chilpachole de jaibas con epazote, bien picosito (las jaibas las habían traído de Tlacotalpan) y claro, barbacoa de borrego en su jugo con granos de garbanzo. Había comida para todos los gustos. Las tortillas de maíz amarillo, hechas a mano, se ponían en canastos grandes cubiertos con  servilletas blancas bordadas por la misma novia. Tamalitos de masa colada y los de elote con hoja de acuyo (llamada también  hierba santa), ambos rellenos de pollo o carne, con aceitunas picaditas, ingrediente típico de la comida criolla de la región. Los bollitos de maíz se endulzaron con panocha, coco rallado y pasitas. No falto el atole de coco, además  ¡El pastel!
Ya por la tarde...  el café de olla con su piquete de ron, no faltó en la boda. Besos, bendiciones y borrachera llorona de parte de ambas familias.
De fondo a su inicial vida, Diego y Aralia culminaron su noche en una hamaca con las estrellas y la luna como manto nupcial. La vihuela, el canto de parientes y amigos en un canon desafinado, acompañado por el eco del croar de las ranas, el cri cri de los grillos, y las luces de las luciérnagas entre la vegetación, fue el marco en su noche de bodas.

La pareja

No vivieron felices. Diego empezó a relacionarse sexualmente con Aralia, quien se comportaba como yegua cerrera. La comunicación de igual a igual entre hombre y mujer no existió, su naturaleza era lo que permitía esos encuentros, en los que la juventud, la ignorancia del funcionamiento del cuerpo, la culpa, los prejuicios sobre el sexo y el instinto de cada uno, fueron los invitados al festín cotidiano en su relación - Así formaron una familia, dijo tía Lila ¡la nuestra!
Los primos que la escuchábamos, guardamos un prolongado silencio.  Nosotros que creíamos en el amor como eje fundador de nuestro pasado, se arruinó de golpe, ante la revelación.
Con su voz cálida y firme siguió diciendo... El correr del agua de la acequia cerca de la ventana, permitía el paso de la tranquilidad al cuarto. Después del coito, él se volteaba y le daba la espalda a su mujer. Aralia mirando el techo de palma, quedaba en silencio... juntos procrearon en medio de la oscuridad, el olor al alcohol y el eco de los sonidos de la garganta de Diego. En ese marco invariable, se fecundó el vientre de ella durante varios años. 
Al principio de su matrimonio, después de hacer el amor, Aralia se sentía sucia, se levantaba a bañar. Muchas veces, llegó hasta el arroyo y se metía con miedo de que cualquier culebra u otro animal que anduviera de cacería, se topara con ella. Necesitaba el agua como purificación.
Largos meses hicieron que su vientre y sus pechos crecieran y cambiaran de color. Diego se deleitó siempre con la dimensión de su compañera.

Tuvo varias caídas antes de parir a su primera hija. Una mañana, ya andaba por los nueve meses y rodó con todo y leña por un arenal, le escurrió sangre entre las piernas y ahí mismo pasó varias horas de parto. Nadie la escuchó... después que dejó de latir el cordón, lo cortó con sus dientes y tuvo una niña a pleno sol, acompañada de la soledad, encima de un hormiguero.
Después de su segunda hija, Aralia le temía a Diego, él la buscaba como mujer y ella pretextaba cualquier cosa para no dormir a su lado.
La lactancia se hacía eterna y duraba meses dando leche, a Diego le gustaba también. Las mujeres del rancho le habían dicho que mientras le diera “al chamaco”, no se cargaría con otro. Aralia creyó esto, pero a pesar de estar amamantando a Marina, su segunda hija, quedó preñada otra vez. Así nacieron sus cuatro retoños.

El negro Jácome

Los Cocuyos un día amanecieron  con una visita... la del negro Jácome, vendedor ambulante que recorría los ranchos de la región llevando en su carreta (tirada por dos mulas con sendos sombreros de paja), mercancía muy diversa. Folletines de modas, telas, agujas, belladona,  bálsamo de benjuí, hasta una pomada  hecha con petrolato con clavo para la réuma, alúmbre, goma de tragacanto, pesarios para evitar el embarazo ¡de todo!
Un día, Jácome llegó y se anunció tocando el cencerro de vaca amarrado a su carreta y dijo con fuerte voz ofertando una ¡Máquina de coser! Era de pedal y según la habilidad y fuerza de su futura dueña, la aguja subiría y bajaría en un ritmo perfecto. Además era una Singer.
-Imaginen ustedes el milagro de unir las telas sin picarse los dedos y con rapidez- afirmaba el negro Jácome, mostrando un overol de ferrocarrilero, fuerte y bien hecho. 



Eso convenció a Aralia, y sacó de la cintura de sus enaguas azules, una bolsita de cuero que cerraba con dos jaretas, en ella guardaba un rollo de billetes, húmedos y salobres. Ahorros de su trabajo y que engrosaron cada temporada por la venta de la leche ¡Pagó al contado!, se compró la Singer, orgullosa la metió en el lugar donde arrumbaban triques, el que pronto se convirtió en su espacio de costura. A la máquina de coser  la llamó Pelancho, el diminutivo de Esperanza. La trataba como a una persona,  le brindaba cuidados y mimos como a otro hijo. La limpiaba, guardaba y envolvía en una sábana de percal. Después que trabajaba duro en ella, no importaba el calor o las labores de la casa y el apoyo que le daba a Diego. Siempre le quedaban fuerzas que le salían de lo profundo del alma y cosía.
Se hizo experta. Aunque cada día aparecía un nuevo problema. Se acababan los hilos, las agujas, y la correa que hacia girar la cabeza de Pelancho. Sustituía con nuevas tiras de cuero de vaca las que se rompían. A las agujas las cuidaba como oro. Era capaz de encontrar una en un pajar. Esperaba a Jácome cada tres meses con gran expectación. Era ingeniosa y creativa para resolver problemas.

La caza

Así pasaba su vida en el rancho, aunque el alcohol, jugó parte importante en la vida de Aralia y Diego. En una de sus cacerías y borracheras, Diego trajo dos armadillos grandes para que los cocinara Aralia. Ella los limpió y colgó la carne de un mecate en el traspatio para hacerlos al otro día. Ya de noche, cuando todos dormían... algunos ruidos la despertaron - alguien andaba jaloneando la carne - vio a su marido quitarla del mecate y dársela a los perros. Se quedó quieta, esperó escuchar los ronquidos de Diego y despertó a Sol su hija mayor, y la mandó a esas horas por un pedazo de armadillo, a casa de su compadre Demetrio, quien había ido a cazar con Diego. ¡Hay de ella si no había carne mañana tempranito!
Muy de mañana él se levantó y fue a la cocina, ahí estaba Aralia preparando café cargado con piloncillo y una tortilla de huevos frescos con las pepas secas de los chiles serranos, desayuno de ley después de cualquier borrachera de su marido.
-¿Y la carne?
- la estoy preparando- Esto lo encolerizó, se abalanzó sobre su cabeza y empezó a golpearle la cara agarrándola por los cabellos de la frente.
-¡Vieja pendeja!
-¡Mentirosa!
- ¿De dónde sacaste la carne, bruja?
Aralia sentía el cuero cabelludo hirviendo, los golpes secos sobre sus ojos y mejillas cayeron sin piedad. Un fuerte olor como  amoniaco, un sonido seco y los gritos de sus hijos en sus oídos, fue su último recuerdo.
Tenía el cuerpo molido, la oscuridad a su alrededor la confundió, intentó abrir los ojos. Desesperada no veía nada. Los sonidos que reconocía, fue lo que la situó en su espacio. ¡Estaba ciega! Totalmente ciega.

-¡El maldito me reventó los ojos, el muy desgraciado!
 Esta certeza la oprimió fuertemente casi ahogándole el aliento y una enorme desesperanza invadió su pecho. ¡Ciega¡ Le dio terror tocarse los ojos, empezó a gritar el nombre de sus hijos con tal fuerza, que un acceso de tos, acabó por doblar su espalda y cayó de rodillas al piso de tierra.
Sus hijos lloraban y no le decían nada. Horas después su prima Eulalia que llegó de visita, la encontró encogida en medio de la cocina orinada y llorando despacito con miedo de que la escucharan. Eulalia le habló con cariño y la ayudó en esos momentos tan  desesperados.
Pasaron tres días. Estaba acostada, sintió una alegría infinita. Empezó a distinguir la luz y vio las cosas como envueltas en un velo transparente. ¡No estaba ciega! Sus párpados estaban deshinchándose poco a poco, recobraría la vista.
Cuatro días después, era de noche cuando Diego volvió, la miró con frialdad y como si nada, pidió de cenar. El olor del alcohol corrompido penetró la cocina.


Después de varios años de palizas sin motivo, en Aralia creció un terrible odio en contra de Diego. Se horrorizó al ver  en lo que se había convertido su vida y la de sus hijos y tomó una decisión. Se iba al Puerto. Su prima Eulalia vivía en Tlacotalpan y le había dicho que la esperaba cuando quisiera. Dejaría Los Cocuyos. Ella intuía que había otro horizonte. Aunque era difícil hacerlo. Dejar su tierra que representaba tanto esfuerzo, años de su vida. Abandonar sus cosas, que eran una extensión de su empeño, pero sobre todo ¿El amor?
Era mejor llevarse a sus hijos ... dejarlo. 
Días antes de su partida acordó con una vecina, doña Jacinta, venderle su máquina de coser, se la pagó poco a poco. Para evitar suspicacias de Diego, una vez que se la llevó Jacinta, amarró un bulto de ropa vieja y lo envolvió como si fuera su máquina. Aralia se encargó de comentar que le hacían falta agujas, que no podía coser y que se las había encargado al negro Jácome. Pelancho... aparentemente descansaba tapada.

La fuga

No pasó mucho tiempo. Diego salió temprano, llevaba su itacate; un guaje con café de olla con canela y piloncillo, un buen pedazo de queso fresco, salsa y suficientes gorditas, picadas y negritas de frijol recién hechas y una botella de ron. Iba a cazar. Amarró todo al cabestro de la silla del Flaco, quien indolente, se espantaba con la cola las moscas. Para Aralia  ¡Era el día tan esperado!

Las figuras de Diego y el Flaco, empequeñecieron frente al horizonte. Aralia, con un dolor en la boca del estómago y las manos sudadas, despertó a las niñas, la miraron soñolientas y extrañadas. Las apresuró a vestirse. Recogió lo más querido de esa casa para ella, sus Santos: El Sagrado Corazón de Jesús, su santo preferido, San Juditas Tadeo, La virgencita Morena, La oración de la Magnífica, y un rosario con olor a rosas de Castilla, que le regaló el Padre Nicanor, el día del entierro de Celerinito, el menor y único varón de sus críos. Envolvió con cuidado algunos otros objetos y cada una de las niñas cargó sus cosas. Sus hijas, más que nunca, le dieron el impulso para salvar cualquier obstáculo.

Llegaron al camino principal, esperaron algunas horas bajo un gran árbol de mango. Al fin, a lo lejos, una carreta. Se montaron con gente que iba hasta Tlacotalpan, pagó y miró que afortunadamente no conocía a ninguno de los tres pasajeros que tomaron ese viaje también, no quería inventar explicaciones.
Las bestias jalaron la carreta. Pasaron varias horas, el paisaje lentamente caminó al paso de la carreta. Zopilotes comiendo una vaca hinchada y cientos de moscas zumbando en oleadas sobre ella, fue lo menos monótono del horizonte. Aralia y sus hijas iban silenciosas y pensativas, mirando el camino que unía tierra y árboles al cielo.
El ruido ensordecedor de las chicharras fue el concierto penetrante que no disminuyó hasta llegar a Tlacotalpan.

Paraíso recobrado

 Se bajaron en el mercado principal, Aralia sacó un papel arrugado y borroso donde traía la dirección de su prima Eulalia: Esteban Morales 24 y Callejón 1/4. Preguntó aquí y allá hasta que dio con la dirección.
 Se detuvo ante una puerta, el número pintado sobre la madera, correspondía al que traía. Con el Jesús en la boca, jaló el cordón sucio que salía por un agujero. Una campana se escuchó lejos. Largo el silencio…un ladrido rítmico, acompañó los pasos mitigados por la tierra de alguien que se acercaba. Rechinó la madera y al abrir, se encontraron los rostros sorprendidos. ¡Prima!, por fin habían llegado.
Compró de inmediato otra máquina de coser. Su instrumento de liberación y trascendencia. Puso un puesto de venta de pantalones de mezclilla y camisas en el mercado, forjó así el inicio de un patrimonio que sus hijas continuarían.

El legado

 La tía Lila continuó diciendo. Fue así, que nosotras, sus tres hijas, aprendimos el oficio y crecimos con recuerdos no muy claros de nuestra vida en el rancho. De mi padre, no supimos nunca más. Su despego se solazó con nuestra ausencia y no quiso acercarse a nosotros. Ni mi madre a él tampoco.
Algunos parientes, como el viento susurraban chismes acerca de que había vuelto a casarse y que vivía en la huasteca tamaulipeca en un rancho, con su nueva familia.
Diario rezábamos por las noches, mientras fuimos chicas. Recuerdo la  voz de mi madre claramente
-Dios mío, déjanos en Tlacotalpan y protégenos de todo mal ¡Amén!
Corolario presente en todas nuestras plegarias. Creo que en la parte final de esta oración, ella se refería a mi padre.
Los años transformaron a la joven Aralia en una vieja, nosotras sus hijas Sol, Marina y Lila, la cuidamos con todo nuestro amor en la etapa final de su vida. Murió en su casa mientras dormía. La noche anterior a su deceso sus manos apretaron las de sus hijas, las de su prima Eulalia y las de sus sobrinos.
-No lloren, quiero que sigan trabajando, mañana hay que abrir. Pidió que la dejáramos sola, quería descansar y pensar. La arropé con todo mi cariño y me despedí con un beso, vi sus ojos verdes y vidriosos mirarme con gran amor y dulzura. Un mal presentimiento acompaño el sonido de la puerta cuando la cerré. 
La vestimos y peinamos sus hijas. Era bella aún muerta. Le cortamos mechones de su cabello y cada una, lo puso en un guardapelo de plata que nos regaló un tiempo después,  mi tía Eulalia.

Secreto a voces

Mi tía Lila nos dijo 
-Arreglando sus cosas para compartirlas (se quebraba su voz) -  encontré una carta que quiero leerles
Penetró presurosa en la casa, el silencio le siguió los pasos. A su regreso traía apretada una hoja amarillenta contra la boca de su estómago. La sacó del sobre arrugado...Tiene fecha ilegible…  y nos leyó.


Mujer divina

Eres el pan que se sirve en mi mesa, luz que penetra el maizal, el murmullo del agua tropieza con las piedras y me dice tu nombre.Veo tus ojos en el espejo del cielo, Aralia mi amor... estrecho tu ausencia que cabalga pegada a mi pecho. Ya no me sonríe la luna cuando lanzo piedras al río.
Te necesito… vuelve mi amor, todo lo podemos arreglar. Demetrio.
       
     La carta estaba mutilada, nos refirió la tía Lila. La encontré dentro de la talla de madera del Sagrado Corazón de Jesús, objeto predilecto de mi madre. Recuerdo el epitafio que había hecho para su tumba:  Aralia., mujer que vivió el amor en su tierra.  Demetrio, el compadre, se quedó en el rancho, fue su amor malogrado, el que mi madre logró ocultar, pero que después de su muerte tomaba presencia. El recuerdo de mi hermano Celerino, muerto muy chiquito y su parecido a él, fue el comentario señalado por parientes años atrás en el rancho.
-Esa es la historia - concluyó con voz entrecortada mi tía y bebió el último sorbito de horchata, mientras con ademán cuidadoso, guardaba en su bolsillo la hoja de papel. Se levantó y precipitadamente entró en su casa.
          

El sonido grave y prolongado del silbato de un barco, me trajo nuevamente al Puerto, esa noche cuando una suave voz cantaba las últimas estrofas de un bolero de Lara, que navegaba en el aire al compás de una marimba lejana:


Mujer, mujer divina
Tienes en el ritmo de tu ser,
todo el palpitar de una canción
Eres la razón de mí existir mujer...

Compositor Agustín Lara.


   

 La historia acerca de mi abuela, fundadora de mi familia, nos dejó conmovidos y abrumados a mis primos y a mí. Nuestra admiración por la abuela, su valor, fuerza y entereza, se hizo presente en la coherencia de sus decisiones en su vida. Mujer sencilla que pudo cambiar (desde el pasado), con la certeza de su valor como persona ante la injusticia y el maltrato, el futuro de sus descendientes. 
Quedamos en silencio, viendo los cocuyos que prendían y apagaban entre las hojas del Flamboyán exuberante frente a la puerta de la casa azul, de mi tía Lila.



Leticia©

Narración publicada en revistas nacionales y de USA. 
Imágenes de la red. 

Glosario de términos. 

*Se acentuaron palabras como alúmbre y réuma, porque fonéticamente en esa región así se pronuncian, sólo para  lectura. 
*Flamboyán. Árbol de flores rojas, azules, blancas o amarillas, también es llamado acacia en España.
*Cocuyo o luciérnaga. Insecto que fosforece en la oscuridad en ciertas zonas costeras. 
*Acuyo o yerba santa.Hoja de una planta aromática usada en la cocina costeña del estado de Veracruz y Tabasco. 
*Chipi, chpi. Lluvia muy ligera y pertinaz
*Chilpachole de jaiba. Caldo muy popular aromado con la hierba llamada epazote, en México. 
*Itacate. Envoltorio
*Triques.Enseres menores. 

20 comentarios:

Julie Sopetrán dijo...

Decirte que me ha encantado es poco amiga mía. Un fuerte abrazo y mi cariño. Gracias por compartir esta hermosa disertación en relación con el gran Agustín Lara.

Leticia Garriga dijo...

Julie, "Mujer Divina" es difícil de leer por su extensión,en este medio. Gracias por tu comentario. Aralia es un ejemplo del poder de decisión para acabar con el maltrato a su persona, gracias a la fuerza que le da la certeza de su valía como ser humano a pesar de estar todo en su contra,desde el inicio de su vida.

ReltiH dijo...

MUCHAS GRACIAS POR COMPARTIR ESTE INTERESANTE POST.
ABRAZOS

Loli Salvador dijo...

Bien sabes que me apasiona esta obra tuya y tomo buena nota de las palabras que desconozco y de las que he aprendido en América.
Me gusta de principio a fin. Felicidades y abrazos.

Mavi en blanco dijo...

Solo decir, Maravilloso¡¡¡
me encantó
gracias eres un sol Leticia
besitos
Mavi

Leticia dijo...

ReltiH. Gracias a ti por estar presente.Saludos

Leticia dijo...

Loli,gracias por tu generoso comentario. Un placer para mi disfrutar de tu escritura y amistad.
Un abrazo amiga bonita zaragozana.

Leticia dijo...

Mavi! yo también disfruto de tu trabajo. gracias por tu comentario.
Un abrazo.

Marinel dijo...

Ufff, que gozada ha sido leerte. No sé si conoces a Váquez Figueroa, escritor canario del que he leído muchos de sus libros.
Bueno,el caso es que me gusta mucho su forma de llevarnos por los ríos de sus letras, esas que hablan encadenando orígenes en sus temas.
Así te he sentido yo leyendo esas raíces, su alargarse, su fructificarse y mientras, el latido de esas personas de las que hablas, haciéndonas sentirlas.
Me ha encantado.
Como digo:
Un placer.
Gracias y besos.

Leticia dijo...

Marinel, gracias por tu comentario. Buscaré a Váquez Figueroa. Me enriquece mucho encontrar personas como tú y tantos amigos que convivimos casi diariamente a pesar de la distancia.
Gracias a ti estimada colega. Besos

BEATRIZ dijo...

Es un gesto bonito y valiente transformar la vida de nuestros ancestros en arte, te quedó muy bien, felicidades.

Abrazos.

Leticia dijo...

Bea querida,te comento que la imaginación de la mano de la observación, es algo de lo que el escritor conjunta para crear, en este caso un relato. Nada que ver con la historia familiar personal es este relato, aunque... detalles como el marco en donde se realiza la historia es entrañable pues conozco usos y costumbres de ese precioso estado de mi país que es Veracruz. La familia a la que pertenezco con orgullo es y ha sido mi motivación para encaminarme en la literatura.
Un placer tu visita siempre querida amiga.

Fina Tizón dijo...

Leticia, he leído tu relato completo y ha conseguido hacerme vibrar. Es un trabajo redondo, con un tema duro; el de los malos tratos, que aún en la actualidad están presentes en infinidad de hogares. La fuerza y el valor de tu protagonista por salir de aquel pozo la dignifican y la convierten en ejemplo para todas esas mujeres que vivien situaciones similares.

Te felicito por la entrada

Un abrazo grande, amiga

Fina

Conchi dijo...

Una excelente entrada Leticia.
Un abrazo.

PEPE LASALA dijo...

Precioso Leticia, al final todo se convierte en arte, me encanta. Espero que hayas comenzado muy bien el año. Un fuerte abrazo y buen fin de semana. @Pepe_Lasala

Leticia dijo...

Fina, he tocado la violencia de manera sutil en el lenguaje, son los hechos los que son descarnados si los analizamos. El abuso a tantas mujeres en lugares apartados como son los ranchos, donde incluso el incesto y los matrimonios entre primos hermanos y cercanos son cosa de todos los días para mujeres y niños. Siempre han sido abusada la infancia del hombre. Recuerdo cómo Calígula, tenía a niños, llamados "Pececillos", los que cuando se bañaba en aguas tranquilas, le acariciaban sus partes nobles ellos nadando bajo el agua. Un horror la humanidad. Por todos lados suceden cosa inauditas en contra de la vida. Un abrazo amiga, gracias por tu comentario que me enriquece.

Leticia dijo...

Conchi, feliz año querida colega. Agradezco mucho tu visita y que dejes la huella de tu presencia en tu comentario. Un abrazo

Leticia dijo...

Pepe, ya voy mejor, gracias. te agradezco mucho que recuerdes mi tristeza. Así es la vida, lo único que siempre nos advierten es que nacemos para morir, pero... cuando llega la separación del ser amado, es difícil tomarlo con resignación tan pronto.
Un abrazo estimado amigo.

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Leti, he leido con delectación la historia de tu abuela, construida por tu pluma diestra de narradora, y me sentí transportado a algunas escenas de Cien años de soledad del maestro Gabo. Pareciera magicidad, la historia de una mujer a la cual le escogen el marido, y no su corazón. Sovciedad patriarcal y machista, sometida al ludibrio del hombre la mujer. Créeme, que bien narraste este aparte de tu genealogía familiar. Mis respetos. DEsde Colombia, mis afectos. Carlos

Leticia dijo...

Carlos, te digo lo que dice Fernando António Nogueira Pessoa ... el poeta es un fingidor, yo diría que no sólo el poeta,el escritor también.Podemos encarnar personajes a los que observamos a través de la realidad y que "atezamos", es decir damos lustre con la imaginación creativa.
Y sí, la escritura costumbrista es detallada, arraigada a la tierra en un pasado o en el presente con sus tradiciones y cultura, la que cuando menos a mi me deleitan.
Gracias colega, mi cariño y un fuerte abrazo hasta la bellísima Colombia.